viernes, 11 de diciembre de 2015

¿POR QUÉ UN JUBILEO DE LA MISERICORDIA?


¿Por qué un Jubileo de la Misericordia?
 Papa Francisco se explica.  Nada es más importante que elegir “lo que a Dios más le agrada”, ¡su misericordia!

     
El Papa Francisco, abriendo la Puerta Santa de la Basilica de San Pedro 

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.
Ayer abrí aquí, en la Basílica de San Pedro, la Puerta Santa del Jubileo de la Misericordia, tras haberla abierto ya en la catedral de Bangui, en Centroáfrica. Hoy quisiera reflexionar junto a vosotros sobre el significado de este Año Santo, respondiendo a la pregunta: ¿por qué un jubileo de la Misericordia?

La Iglesia necesita este momento extraordinario. En nuestra época de profundos cambios, la Iglesia está llamada a ofrecer su contribución peculiar, haciendo visibles los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Y el Jubileo es un tiempo favorable para todos nosotros, porque contemplando la Divina Misericordia, que supera todo límite humano y resplandece en la oscuridad del pecado, podamos llegar a ser testigos más convincentes y eficaces.
Volver la mirada a Dios, Padre misericordioso, y a los hermanos necesitados de misericordia, significa poner la atención en el contenido esencial del evangelio: Jesucristo, la Misericordia hecha carne, que hace visible a nuestros ojos el gran misterio del Amor trinitario de Dios. Celebrar un Jubileo de la Misericordia equivale a poner de nuevo en el centro de nuestra vida personal y de nuestras comunidades lo específico de la fe cristiana.

Un Año Santo, por tanto, para vivir la misericordia. Sí, queridos hermanos y hermanas, este Año Santo se nos ofrece para experimentar en nuestra vida el toque dulce y suave del perdón de Dios, su presencia junto a nosotros y su cercanía sobre todo en los momentos de mayor necesidad.
Este Jubileo, en resumen, es un momento privilegiado para que la Iglesia aprenda a elegir únicamente “lo que a Dios más agrada”. ¿Y qué es lo que “a Dios más le agrada”? Perdonar a sus hijos, tener misericordia de ellos, para que ellos puedan a su vez perdonar a los hermanos, resplandeciendo como antorchas de la misericordia de Dios en el mundo. Queridos hermanos y hermanas, el Jubileo será un “tiempo favorable” para la Iglesia si aprendemos a elegir “lo que a Dios más le agrada”, sin ceder a la tentación de pensar que haya alguna otra cosa más importante o prioritaria. Nada es más importante que elegir “lo que a Dios más le agrada”, ¡su misericordia!


También la necesaria obra de renovación de las instituciones y estructuras de la Iglesia es un medio que nos debe conducir a hacer la experiencia viva y vivificadora de la misericordia de Dios que, sola, puede garantizar a la Iglesia ser esa ciudad puesta sobre un monte que no puede permanecer escondida (cfr Mt 5,14). Si debiésemos, aunque sea un solo momento, olvidar que la misericordia es “lo que a Dios le gusta más”, cada esfuerzo nuestro sería vano, porque nos convertiremos en esclavos de nuestras instituciones y nuestras estructuras, aunque estén renovadas.

“Sentir fuertemente en nosotros la alegría de ser reencontrados en Jesús que como Buen Pastor ha venido a buscarnos porque estábamos perdidos” (Homilía de las primeras Vísperas del Domingo de la Divina Misericordia, 11 de abril 2015). Este es el objetivo que la Iglesia se pone en este Año Santo. Así reforzaremos en nosotros la certeza de que la misericordia pueda contribuir realmente a la edificación de un mundo más humano. Especialmente en estos tiempos nuestros, en los que el perdón es un huésped raro en los ámbitos de la vida humana, la llamada a la misericordia se hace más urgente en todas partes: en la sociedad, en las instituciones, en el trabajo y también en la familia.
Cierto, alguno podría objetar: “pero, padre, la Iglesia, en este Año, ¿no deberíamos hacer algo más? Es justo contemplar la misericordia de Dios, pero hay necesidades más urgentes”. Es verdad, hay mucho que hacer, y yo mismo no me canso de recordarlo. Pero es necesario tener en cuenta que, en la raíz del olvido de la misericordia está siempre el amor propio. En el mundo, esto toma la forma de la búsqueda exclusiva de los propios intereses, de placeres y honores unidos al querer acumular riquezas, mientras en la vida de los cristianos se disfraza a menudo de hipocresía y de mundanidad. Los motivos del amor propio, que convierten en extraña la misericordia en el mundo, son tantos y tan numerosos que, a menudo, no somos capaces de reconocerlos como límites y como pecado. Esta es la razón por la que es necesario reconocernos como pecadores, para reforzar en nosotros la certeza de la misericordia divina.
Queridos hermanos y hermanas, espero que, en este Año Santo, cada uno de nosotros haga experiencia de la misericordia de Dios, para ser testigos de “eso que a él le gusta más”. ¿Es de ingenuos creer que esto pueda cambiar el mundo? Sí, humanamente hablando es de locos, pero lo que es “necedad de Dios es más sabio que los hombres y lo que es debilidad de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Cor 1,25).


    

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